Silencio en Monfragüe


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Resulta que vas de visita al Parque Nacional de Monfragüe pensando -como no- en recorrerlo pausadamente, en buscar alguna ruta que te permita disfrutar de sus paisajes y fauna y, en definitiva, de disfrutar de una jornada única; como todas las que pasamos en los diferentes parques naturales que ya hemos visitado.

Además del necesario trabajo de documentación previo a la realización del viaje, tengo por costumbre parar en los centros de información -si los hay- antes de comenzar a caminar por el parque. Algo que recomiendo, ya que en una ocasión, queriendo realizar una ruta sencilla, resultó estar cerrada por la Guardia Civil debido a que hacia pocas horas que un oso había atacado a unos senderistas.

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Como no podía ser de otra manera, junto con la información de las rutas y los sitios de interés, la persona que amablemente nos atendió en el centro de información nos recordó lo importante que era preservar la naturaleza y evitar molestias a los animales del parque. En este, particularmente a los buitres.

El caso es que vimos muchos buitres; y muy cerca. Tras un tiempo haciéndoles algunas fotos y esperando a que se acercasen más al conocido mirador del Salto del Gitano, decidimos continuar nuestra ruta al castillo de Monfragüe y a la pequeña ermita existente a su lado: una zona elevada desde la que se obtienen unas inmejorables vistas del parque.

A medida de caminábamos cuesta arriba hacia el mencionado castillo una sensación musical comenzó a acompañarnos. Era un leve sonido que, en ocasiones, quedaba tapado por el ruido de hojas y ramas, al ser mecidas por el suave viento del oeste. Como es normal, al principio no le dimos mayor importancia y pensamos que algún senderista subiría con su móvil en modo idiota (el que usan para que lo oigamos todos).

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Al cabo de un rato el sonido desapareció.

Pero comenzamos a ver coches aparcados una cuneta de una estrecha carretera que subía hasta casi alcanzar el mencionado castillo. Muchos coches, mal rollo.

Y por fin, tras un buen rato subiendo alcanzamos el castillo. Y allí pudimos claramente escuchar los acordes de la música que había escuchado con anterioridad.

¡No me lo podía creer! Tres saxos, un trompeta y un batería, amenizaban la jornada a un grupo de bailarines espontáneos que, como poseídos, bailaban y gritaban sin moderación.

Gente en cantidad industrial, abarrotaba la atalaya que, siendo moderadamente amplia, claramente estaba rebasada en cuanto a su capacidad se refiere.

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Pero claro, al margen de las incomodidades, porque hasta allí arriba subieron tenderetes para vender churros, cervezas y otras bebidas espirituosas -que sin duda acercan mucho a la fe-, chilindradas varias y bocadillos, estaba el asunto previo del respeto al medio ambiente y a no molestar en exceso a los buitres.

Poco paramos allí arriba porque la visita resultó poco placentera debido a la horda. Mientras descendíamos nos cruzábamos cada vez con más gente que subía, litrona o cubata en mano, para hacer más llevadero el sacrificio; eso sí, ser romero mola mucho.

Por supuesto, el entorno quedaría como un solar, lleno de su inmundicia, la cual ya se dejaba ver en algunas zonas.

Resumiendo: lamentable.

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