Deshojando la margarita


Los juegos de amor infantiles, envueltos en la inocencia de la ignorancia, no son triviales, nos preparan para un futuro de decisiones inverosímiles. 

Nos pasamos la vida deshojando margaritas. El tan repetido -me quiere, no me quiere- intentado hasta la saciedad, o sea, hasta que el resultado nos satisfacía, resulta que no es un juego de niños; lo es de adultos. 
Ya siendo adulto, me he descubierto deshojando margaritas, aunque no por el esperado amor que ya he encontrado, sino por todo lo demás. 

Pero esto, normal en adultos es triste en niños. Ellos ya no deshojan margaritas esperando con ilusión el resultado -algún descerebrado podría multarlos por destrozo medio ambiental-; han entrado de lleno en el mundo adulto, sin pasar por la niñez, eso sí  empujados por el egoísmo, la estupidez y el sin sentido de una sociedad adulta mediocre, que cree que la competitividad nace en los niños y que aplaude entre risotadas las machadas de imberbes carentes -aún- de sentido y conocimiento.  

Nosotros les impulsamos a ello y nada tiene que ver con la tecnología, parapeto de muchos. 

Como decía mi paisano Castelao: más vale árboles en los montes que oro en los bancos. 

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